Cinco años después del inicio de la pandemia del Covid, siguen las investigaciones para saber cómo comenzó la pandemia.
Desde que los científicos empezaron a hacer pruebas con patógenos peligrosos en los laboratorios, el mundo ha sufrido cuatro o cinco pandemias, según cómo se cuente. Una de ellas, la gripe rusa de 1977, fue provocada casi con toda seguridad por un error de investigación. Algunos científicos de Occidente sospecharon rápidamente que el extraño virus estuvo en el congelador de laboratorio durante un par de décadas, pero se mantuvieron casi en silencio por miedo a herir susceptibilidades.
Sin embargo, en 2020, cuando algunas personas empezaron a especular con la posibilidad de que un accidente de laboratorio hubiera sido la chispa que inició la pandemia de COVID-19, se les trató de chiflados y cascarrabias. Muchos funcionarios de salud pública y científicos destacados desecharon la idea como una teoría conspirativa, insistiendo en que el virus había surgido de animales que estaban en un mercado de mariscos localizado en Wuhan, China. Y cuando una organización sin fines de lucro llamada EcoHealth Alliance perdió una subvención porque planeaba realizar una arriesgada investigación sobre los virus de los murciélagos con el Instituto de Virología de Wuhan —un estudio que, de haberse realizado con normas de seguridad laxas, podría haber desencadenado la filtración de un peligroso patógeno en el mundo—, nada menos que 77 premios Nobel y 31 sociedades científicas se alinearon para defender a la organización.
Así pues, la investigación de Wuhan era totalmente segura, y la pandemia fue causada sin duda por transmisión natural: ciertamente parecía un consenso.
Sin embargo, posteriormente nos hemos enterado de que, para promover la apariencia de consenso, algunos funcionarios y científicos ocultaron o subestimaron hechos cruciales, engañaron al menos a un periodista, orquestaron campañas de voces supuestamente independientes e incluso compararon notas sobre cómo ocultar sus comunicaciones para evitar que el público se enterara de toda la historia. Y en cuanto a la investigación de ese laboratorio de Wuhan, los detalles que han salido a la luz desde entonces muestran que las precauciones de seguridad podrían haber sido aterradoramente laxas.
Cinco años después del inicio de la pandemia del Covid, es tentador pensar que todo esto es historia antigua. Hemos aprendido la lección sobre la seguridad en los laboratorios —y sobre la necesidad de ser francos con el público— y ahora podemos pasar a nuevas crisis, como el sarampión y la gripe aviar en evolución, ¿verdad?
Error. Si alguien necesita convencerse de que la próxima pandemia está a solo un accidente de distancia, debería leer un reciente artículo publicado en Cell, una prestigiosa revista científica. Los investigadores, muchos de los cuales trabajan o han trabajado en el Instituto de Virología de Wuhan (sí, la misma institución), describen la toma de muestras de virus encontrados en murciélagos (sí, el mismo animal) y la experimentación para ver si podrían infectar células humanas y suponer un riesgo de pandemia.
Parece el tipo de investigación que debería realizarse —si es que se realiza— con los protocolos de seguridad más estrictos, como Ian Lipkin y Ralph Baric comentaron en un reciente ensayo invitado. Pero si te desplazas hasta la página 19 del artículo de la revista y entrecierras los ojos, te enteras de que los científicos hicieron todo esto en lo que ellos llaman condiciones “BSL-2 plus”, una designación que no está estandarizada y que Baric y Lipkin dicen que es “insuficiente para trabajar con virus respiratorios potencialmente peligrosos”. Si un solo trabajador de laboratorio inhalara involuntariamente el virus y se infectara, no se sabe cuál podría ser el impacto en Wuhan, una ciudad de millones de habitantes, o en el mundo.
Investigaciones arriesgadas
Uno pensaría que a estas alturas ya habríamos aprendido que no es buena idea comprobar posibles fugas de gas encendiendo un cerillo. Y uno esperaría que las prestigiosas revistas científicas hubieran aprendido a no recompensar una investigación tan arriesgada.
¿Por qué no hemos aprendido la lección? Quizá porque ahora es difícil admitir que esta investigación es arriesgada y tomar las medidas necesarias para mantenernos a salvo sin también admitir que siempre fue arriesgada. Y que quizás nos despistaron a propósito.
Tomemos el caso de EcoHealth, esa organización sin fines de lucro que muchos de los científicos saltaron a defender. Cuando Wuhan experimentó un brote de un nuevo coronavirus relacionado con los que se encuentran en los murciélagos y los investigadores pronto se dieron cuenta de que el patógeno tenía la misma característica genética rara que la EcoHealth Alliance y los investigadores de Wuhan habían propuestoinsertar en los coronavirus de los murciélagos, cabría pensar que EcoHealth haría sonar la alarma a lo largo y ancho. Pero no fue así. Si no fuera por las solicitudes de registros públicos, las filtraciones y las citaciones, el mundo nunca se habría enterado de las inquietantes similitudes entre lo que fácilmente podría haber estado ocurriendo dentro del laboratorio y lo que se estaba propagando por la ciudad.