En Japón, un alcalde ha decidido que sus ciudadanos deben volver a mirarse a los ojos. Esto ocurre en Toyoake, prefectura de Aichi, donde la administración ha propuesto una ordenanza que insta a todos, adultos y niños por igual, a limitar el uso del teléfono móvil a dos horas diarias. Dos horas, lo justo para responder mensajes, revisar el correo electrónico y escuchar música. Después, se acabó. Sin sanciones ni multas. Es una simple recomendación, pero ha desatado un gran debate en todo el país. Porque toca una fibra sensible: la adicción colectiva a las pantallas y las notificaciones, la silenciosa esclavitud que se infiltra en nuestros dedos y nos roba horas de vida real.
El alcalde de Toyoake, Masafumi Kouki, explicó que esto no es una cruzada contra la tecnología, sino simplemente un intento de devolverle tiempo a la gente. Tiempo para hablar, dormir, pensar y recuperar algo de libertad. Se ha pedido a los niños de primaria que no usen teléfonos inteligentes después de las 9 p. m., y a los adultos después de las 10 p. m.
Japón no es ajeno a los experimentos sociales. Durante décadas, ha anticipado los problemas que afectarán al resto del mundo: el envejecimiento de la población, la soledad, el aislamiento tecnológico. Ahora, está intentando algo tan simple como revolucionario. La ciudad de Toyoake no castigará ni controlará a nadie. Simplemente envía un mensaje: el control empieza por nosotros. No se necesita una ley para recuperar la vida; basta con la decisión de apagar la pantalla, salir a caminar, contemplar una puesta de sol sin sentir la obligación de fotografiarla.
Quizás algún día nos riamos de esta etapa de la historia, como hoy nos reímos de quienes fumaban en los hospitales. Hasta entonces, Toyoake será un pequeño experimento de libertad en un mundo hiperconectado y desconectado de sí mismo.